Que no muera la aspidistra

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I

El reloj dio las dos y media. En la pequeña trastienda de la librería del señor McKechnie, Gordon Comstock, el último miembro de la saga de los Comstock, a quien a sus veintinueve años se le veía bastante avejentado, estaba recostado sobre el escritorio y mataba el aburrimiento jugando con un paquete de cigarrillos Player’s Weights de cuatro peniques, que abría y cerraba con el pulgar.

El sonido de las campanadas de otro reloj más lejano, el del Prince of Wales, un pub situado al otro lado de la calle, sacudió el aire estancado de la tienda. Gordon hizo un esfuerzo, se enderezó en la silla y se guardó el paquete de cigarrillos en el bolsillo interior de la chaqueta. Se moría de ganas de fumar, pero solo le quedaban cuatro pitillos. Era miércoles y no dispondría de dinero hasta el viernes. La perspectiva de verse privado de tabaco aquella noche y durante todo el día siguiente se le antojaba un fastidio.

Malhumorado de antemano por las horas sin fumar que le esperaban, se levantó y se encaminó hacia la puerta; su figura era pequeña y frágil, de huesos delicados y movimientos nerviosos y desabridos. A su chaqueta le faltaba el botón de en medio y el codo de la manga derecha estaba muy desgastado; sus pantalones de franela, de confección, estaban manchados y deformados, y a sus zapatos, incluso mirándolos desde arriba, se notaba que les hacía falta suelas nuevas.


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