Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Sin embargo, nadie miraba el escaparate. A diferencia del resto de las salas de la librería, la zona principal era elegante y lujosa. Albergaba unos dos mil volúmenes, sin contar los del escaparate. En la parte derecha había una vitrina que contenía los libros infantiles. Gordon apartó la mirada de una espantosa sobrecubierta, con ilustraciones al estilo de Arthur Rackham, en la que unos niños, cual pequeños elfos, saltaban, como la Wendy de Peter Pan, por un prado de campanillas azules. Contempló la calle a través de la puerta de cristal. Hacía un día desapacible y el viento soplaba con fuerza. El cielo tenía un color plomizo, el adoquinado de la calle parecía cubierto de lodo. Era 30 de noviembre, día de San Andrés. La librería McKechnie se hallaba situada en la esquina de una especie de plazoleta de forma irregular en la que confluían cuatro calles. Desde la puerta podía verse, a la izquierda, un olmo robusto, por entonces sin hojas, cuyas numerosas ramas, a contraluz, entretejían encajes de color sepia. Enfrente y próximas al Prince of Wales, había unas enormes vallas publicitarias con anuncios de comida y medicamentos, que a todas luces te exhortaban a destrozarte las entrañas con tal o cual basura sintética; toda una galería de monstruosas caras de muñecas, inexpresivas y rosadas, rebosantes de estúpido optimismo: «Salsa QT»; «Cereales Truweet, los niños los piden a voces para el desayuno»; «Borgoña Canguro»; «Chocolate Vitamalt»; «Extracto de carne Bovex…». De todos aquellos carteles, el de Bovex era el que más le irritaba: un tipo con gafas y expresión ratonil, con el pelo brillante como el charol, sentado a una mesa de café, sonriendo abiertamente ante un tazón blanco de un caldo Bovex. «Roland Butta disfruta de sus comidas con Bovex», rezaba el eslogan.