Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Gordon dejó de observar la lejanía. Su propio rostro, reflejado en el polvoriento cristal, le estaba mirando. No tenía buena cara. Aún no había cumplido los treinta, pero su deterioro era evidente: muy demacrado y con amargos surcos irreversibles. Tenía bastante frente —lo que la gente denomina «una buena frente»—, y el mentón pequeño y puntiagudo, por lo cual su rostro tenía más forma de pera que de óvalo; el pelo era de color gris ratón y desmarañado; el gesto, adusto y de pocos amigos, y los ojos, entre avellanados y verdosos. Volvió a mirar a la lejanía. Por ese entonces detestaba los espejos. Fuera, todo se veía lúgubre y ventoso. Un tranvía, como un estridente cisne de acero, se deslizó chirriando sobre el adoquinado, y el aire que levantó a su paso despertó a las hojas pisoteadas. Las ramas del olmo se agitaban, inclinándose hacia el este. El cartel de la salsa QT estaba desgarrado por un lado, y una tira de papel ondeaba caprichosamente como una pequeña banderola. A la derecha, en una calle transversal, los chopos desnudos, dispuestos en hilera sobre el adoquinado, se arqueaban por el azote del viento. Un viento descarnado y desagradable, amenazador. Eran los primeros gruñidos de la furia invernal. Los dos primeros versos de un poema forcejeaban por ver la luz en la mente de Gordon:



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