Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra ¡Las mujeres, qué asunto tan fastidioso! Es una pena que no podamos prescindir de ellas; al menos, podrÃamos ser como los animales: unos minutos de feroz lujuria y meses de castidad glacial. Tomemos, por ejemplo, a un faisán macho. Se acerca a las hembras por detrás y se abalanza sobre el lomo de ellas sin inquietarle lo más mÃnimo si tiene o no permiso. Y tan pronto como se ha desfogado, no vuelve a pensar en ellas. Ni siquiera se percata de su presencia; como mucho las picotea si se aproximan demasiado a su comida. Tampoco tiene que preocuparse de su descendencia. ¡Qué afortunado! ¡Cuán diferente resulta para el rey de la creación, siempre a caballo entre su memoria y su conciencia!
