Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Calculé que recorríamos unas quince millas al día y, pese a todo, la tensión era más mental que física. Sobre el papel, aquel estúpido trabajo de marmitón no podía ser más fácil, pero resulta sorprendentemente difícil cuando hay que hacerlo con prisas. Tienes que pasar de una ocupación a otra: es como ordenar una baraja contrarreloj. Por ejemplo, estás preparando tostadas, cuando, ¡bum!, baja un montacargas con una comanda de té, bollos y tres tipos de mermelada, y al mismo tiempo, ¡bum!, baja otro con una de huevos revueltos, café y zumo de pomelo; vas corriendo como una exhalación a la cocina a buscar los huevos y al comedor a buscar la fruta y regresas antes de que se quemen las tostadas, sin olvidarte del té y el café, además tienes media docena de comandas pendientes, y al mismo tiempo un camarero te pregunta por una botella de agua con gas que se ha extraviado y tienes que discutir con él. Hay que ser más listo de lo que parece. Mario decía, y sin duda tenía razón, que hacía falta un año para formar a un cafetier fiable.