Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres El trabajo en la cafeterie era espasmódico. Siempre había algo que hacer, pero el verdadero frenesí se producía en rachas de dos horas a las que llamábamos un coup de feu. El primer coup de feu empezaba a las ocho, cuando los huéspedes se despertaban y pedían el desayuno. A las ocho retumbaban de pronto gritos y golpes en el sótano; sonaban campanillas por todas partes, hombres con delantales azules corrían por los pasillos, los montacargas de servicio bajaban todos a la vez con estrépito, y los camareros de los cinco pisos empezaban a gritar juramentos por los huecos de los montacargas. No recuerdo todas nuestras funciones, pero entre ellas estaban preparar té, café y chocolate, ir a buscar comida a la cocina, vino a la bodega y fruta y demás al comedor, cortar pan, preparar tostadas, cortar porciones de mantequilla, calcular la cantidad de mermelada, abrir botes de leche, contar terrones de azúcar, hervir huevos, cocer las gachas, picar hielo y moler café para unos cien o doscientos huéspedes. La cocina estaba a unas treinta yardas, y el comedor a unas sesenta o setenta. Todo lo que metíamos en los montacargas tenía que ir acompañado de un resguardo, que se archivaba cuidosamente, y si se perdía un solo terrón de azúcar tenías que dar explicaciones. Además, había que preparar café y tostadas para el personal y llevarles la comida a los camareros. En general era un trabajo difícil.