Sin blanca en Paris y Londres

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Nuestra cafeterie era un sótano oscuro que medía unos veinte por siete pies por ocho de altura, y estaba tan abarrotado de cafeteras, cortadoras de pan y otros artilugios parecidos que era casi imposible moverse sin golpearse con algo. Estaba iluminado por una triste bombilla y cuatro o cinco fogones de gas que emitían un intenso halo rojizo. Había un termómetro y la temperatura nunca bajaba de los cuarenta y tres grados y en ciertos momentos del día rozaba los cincuenta y cuatro. En un extremo había cinco montacargas de servicio, y en el otro una cámara frigorífica donde guardábamos la leche y la mantequilla. Cuando entrabas en la cámara la temperatura bajaba de golpe cuarenta grados; me recordaba el himno de las heladas montañas de Groenlandia y los arrecifes de coral de la India. Aparte de Boris y de mí, en la cafeterie trabajaban otros dos hombres. Uno era Mario, un italiano enorme y nervioso —una especie de policía municipal aficionado a la ópera— y el otro un animal velludo y obtuso a quien llamábamos el magiar; creo que era de Transilvania, o de algún lugar aún más remoto. Todos, menos el magiar, éramos corpulentos, y en las horas de más ajetreo nos pasábamos el rato chocando unos con otros.





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