Sin blanca en Paris y Londres

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Entre las ocho y las diez y media era una especie de delirio. A veces actuábamos como si solo nos quedasen cinco minutos de vida; otras, disfrutábamos de un momento de calma en el que dejaban de llegar comandas y todo parecía tranquilo. Entonces aprovechábamos para barrer el suelo, echar serrín limpio y beber un vaso de vino, agua o café: cualquier cosa con tal de que fuese líquida. A menudo cortábamos un trozo de hielo y lo chupábamos mientras trabajábamos. El calor que despedían los fogones era nauseabundo; tragábamos litros de bebida al día y, al cabo de unas horas, hasta los delantales acababan empapados de sudor. En ocasiones se nos acumulaba el trabajo y, de no haber sido por Mario, algún cliente se habría quedado sin desayunar. Llevaba catorce años trabajando en la cafeterie y tenía la habilidad de no desperdiciar ni un segundo. El magiar era casi retrasado, yo no tenía experiencia y Boris tendía a escaquearse, en parte por su pierna coja y en parte porque le avergonzaba trabajar en la cafeterie después de haber sido camarero; pero Mario era una maravilla. El modo en que alargaba sus fuertes brazos para llenar una cafetera con una mano y hervir un huevo con la otra, al tiempo que vigilaba una tostada y daba instrucciones a gritos al magiar y cantaba un fragmento de Rigoletto, era pasmoso. El patron sabía de su valía y le pagaba mil francos al mes, en lugar de quinientos como a nosotros.


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