Sin blanca en Paris y Londres

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A las cinco menos cuarto regresábamos al hotel. Hasta las seis y media no había comandas, y pasábamos el rato sacando brillo a la cubertería, limpiando las cafeteras y otras cosas por el estilo. Luego empezaba el momento de más trajín del día: la cena. Ojalá pudiese ser un Zola por un instante para describir la hora de la cena. La esencia de la situación consistía en que cien o doscientas personas pedían comidas distintas de cinco o seis platos, y que cincuenta o sesenta personas teníamos que cocinarlas, servirlas y recoger y limpiar; cualquiera que tenga experiencia en hostelería sabe lo que eso significa. Además, en el momento en que se doblaba el trabajo, el personal estaba exhausto y una parte de él borracho. Podría escribir páginas sin transmitir una idea fiel de lo que digo. Las idas y venidas por los pasillos estrechos, los choques, los gritos, las cestas, las bandejas, los bloques de hielo, el calor, la oscuridad y las disputas enquistadas que no había tiempo de resolver sobrepasan cualquier descripción. Cualquiera que bajase por primera vez al sótano, habría creído que se hallaba en la guarida de unos maníacos. Solo después, cuando entendí el funcionamiento del hotel, llegué a ver un orden en aquel caos.




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