Sin blanca en Paris y Londres

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A las ocho y media, el trabajo cesaba de pronto. No acabábamos hasta las nueve, pero nos tumbábamos en el suelo y nos quedábamos ahí descansando las piernas, demasiado cansados para ir a la cámara frigorífica a por algo de beber. A veces el chef du personnel llegaba con varios botellines de cerveza, pues el hotel invitaba a cerveza si el día había sido muy fatigoso. La comida que nos daban apenas era comestible, pero el patron no escatimaba la bebida: nos daba dos litros de vino al día, pues sabía que si a un plongeur no le das al menos dos litros robará tres. También apurábamos las botellas semivacías, así que a menudo bebíamos más de la cuenta; lo cual estaba bien, pues cuando estabas medio borracho trabajabas más deprisa.

Así pasaron cuatro días de la semana; de los otros dos días laborables uno fue mejor y otro peor. Después de una semana llevando esa vida noté que necesitaba un descanso. Era sábado por la noche, así que los parroquianos del bistro estaban emborrachándose a conciencia y, con un día libre por delante, no tardé en acompañarlos. Nos acostamos todos borrachos a las dos de la madrugada con intención de dormir hasta el mediodía. A las cinco y media me despertaron de pronto. Al lado de la cama había un vigilante nocturno enviado por el hotel. Apartó las sábanas y me dio una brusca sacudida.


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