Sin blanca en Paris y Londres

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»No tuve que decírselo dos veces. Cogió el bidon y bajó por la escalera con tanto estrépito como una manada de elefantes; a los tres minutos volvió con dos libras de pan debajo de un brazo y medio litro de vino debajo del otro. No me paré a agradecérselo; cogí el pan y lo mordí. ¿Has notado el sabor que tiene el pan cuando llevas mucho tiempo hambriento? Frío, húmedo, mantecoso, casi parece masilla. Pero ¡Dios santo, qué rico estaba! En cuanto al vino, me lo bebí todo de un trago y fue como si entrase directamente en mis venas y fluyera por mi cuerpo como sangre nueva. ¡Ay, menuda diferencia!

»Engullí las dos libras de pan sin pararme a tomar aliento. María se plantó a verme comer con las manos en las caderas.

»—¿Qué, te encuentras mejor? —preguntó cuando terminé.

»—¡Mejor! —respondí—. ¡Estoy perfectamente! No soy la misma persona que hace cinco minutos. Solo echo de menos una cosa en el mundo: un cigarrillo.

»María se llevó la mano al bolsillo del delantal.

»—Pues no va a poder ser —respondió—. Solo te quedan siete sous de tus tres francos con cincuenta. Y los cigarrillos más baratos cuestan doce sous el paquete.


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