Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres »—¡Entonces sà que puedo! —exclamé—. Dios santo, ¡menuda suerte!, tengo cinco sous… ¡justo lo necesario!
»MarĂa cogiĂł los doce sous para ir al estanco. Y de pronto recordĂ© algo que habĂa olvidado. ¡La condenada Sainte ÉloĂŻse! Le habĂa prometido una vela si me enviaba dinero; y, la verdad, ÂżcĂłmo pensar que mis oraciones no habĂan sido escuchadas? “Tres o cuatro francos”, habĂa dicho; y justo despuĂ©s habĂa encontrado tres con cincuenta. No habĂa otra posibilidad. TendrĂa que gastar mis doce sous en una vela.
»VolvĂ a llamar a MarĂa.
»—No —dije—, le he prometido una vela a Sainte Éloïse. Tendré que gastar en eso los doce sous. Tonto, ¿no? Al final me quedo sin cigarrillos.
»—¿Sainte ÉloĂŻse? —preguntĂł MarĂa—. ÂżQuĂ© pasa con Sainte ÉloĂŻse?
»—Le recĂ© pidiĂ©ndole dinero y prometĂ encenderle una vela —respondĂ—. Ella atendiĂł a mis ruegos… o al menos he encontrado el dinero. TendrĂ© que comprar la vela. Es un incordio, pero creo que debo cumplir mi promesa.
»—¿Y quĂ© te hizo pensar en Sainte ÉloĂŻse? —preguntĂł MarĂa.
»—Su retrato —respondĂ, y se lo expliquĂ© todo—. Está ahĂ, ya lo ves —añadĂ, y señalĂ© al cuadro de la pared.