Sin blanca en Paris y Londres

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A las diez conseguí sacar a Boris de la cama, y abrimos el restaurante. Un vistazo bastó para ver en qué consistían aquel par de cosas que había que resolver; podían resumirse así: nadie había hecho ninguna reforma desde nuestra última visita. Los fogones de la cocina aún no habían llegado, no había agua ni electricidad y había que pintar, pulir y hacer incontables trabajos de carpintería. Solo si se producía un milagro podríamos abrir el restaurante antes de diez días y, en vista de cómo se encontraba, también podía ser que se viniera abajo antes de abrir. Lo que pasaba estaba clarísimo: el patron andaba mal de dinero, y había contratado a sus empleados (éramos cuatro en total) para que hiciésemos de albañiles. Le saldríamos casi gratis, porque a los camareros no se les paga y, aunque a mí sí tendría que pagarme, no me daría de comer hasta que abriera el restaurante. Al mandarnos llamar antes de abrir, nos había estafado sin más varios cientos de francos. Habíamos dejado un buen trabajo por nada.

No obstante, Boris seguía muy esperanzado. Solo tenía una idea en la cabeza: por fin se había presentado la oportunidad de volver a ser camarero y llevar una levita. A cambio estaba dispuesto a trabajar diez días sin cobrar, aunque corriera el riesgo de quedarse sin trabajo al final. «¡Paciencia! —no hacía más que repetir—. Todo se arreglará. Espera a que abra el restaurante y recuperaremos el dinero. Paciencia. Mon ami!».


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