Sin blanca en Paris y Londres

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Sin embargo, las condiciones más allá de la puerta de la cocina se parecían mucho a las de una pocilga. Así estaba organizado su funcionamiento:

La cocina medía unos quince pies de largo por ocho de ancho, y la mitad de ese espacio lo ocupaban los fogones y las mesas. Las ollas tenían que estar en estantes lejos del alcance de la mano, y solo había sitio para un cubo de la basura, que por lo general se llenaba a mediodía, por lo que en el suelo casi siempre había una pulgada de comida pisoteada.

Para cocinar solo teníamos tres fogones y no había hornos, así que había que enviar los asados a la panadería.

Tampoco había despensa. Lo más parecido era un cobertizo con un tejadillo que había en el patio y en mitad del cual crecía un árbol. La carne, las verduras y demás se dejaban en el suelo para que fuesen pasto de los gatos y las ratas.

No teníamos agua caliente. Calentábamos el agua para fregar en ollas y, como a la hora de la comida no había sitio, casi todos los platos se lavaban con agua fría. Eso, con el jabón de mala calidad y el agua calcárea de París, equivalía a quitar la grasa con papel de periódico.


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