Sin blanca en Paris y Londres

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El molinillo del café era prestado del bistro de al lado y las escobas y el cubo de la basura eran del conserje. Después de la primera semana, los de la lavandería se quedaron la mitad de los trapos y manteles hasta que pagasen la cuenta. Tuvimos dificultades con el inspector de trabajo, que había descubierto que no había ningún francés entre el personal; se entrevistó varias veces a solas con el patron, a quien, según creo, no le quedó más remedio que sobornarle. La compañía eléctrica seguía exigiendo el pago de las facturas y, cuando los acreedores descubrieron que les sobornábamos con apéritifs, empezaron a pasarse por el restaurante todas las mañanas. Debíamos dinero al verdulero y, si su mujer no se hubiese encaprichado con Jules, a quien enviaban todas las mañanas a engatusarla, habría dejado de vendernos a cuenta. Yo, por mi parte, tenía que malgastar una hora al día regateando el precio de las verduras en la rue du Commerce, para ahorrar unos pocos céntimos.








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