Sin blanca en Paris y Londres

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He ahí los resultados de inaugurar un restaurante con un capital insuficiente. Y, en esas condiciones, se suponía que la cocinera y yo teníamos que servir treinta o cuarenta comidas diarias, aunque luego acabamos sirviendo cien. Desde el primer día fue demasiado para nosotros. El horario de la cocinera era de ocho de la mañana a medianoche, y el mío de siete de la mañana a las doce y media de la noche: diecisiete horas y media casi sin descanso. Hasta las cinco de la tarde no teníamos tiempo de sentarnos un rato, e incluso entonces el único sitio disponible era el cubo de la basura. Boris, que vivía cerca y no tenía que coger el último metro para volver a casa, trabajaba de ocho de la mañana a dos de la madrugada: dieciocho horas al día, siete días a la semana. Horarios así, aunque no sean frecuentes, tampoco tienen nada de extraordinario en París.









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