Sin blanca en Paris y Londres

Sin blanca en Paris y Londres

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Al cabo de solo una semana estábamos todos neurasténicos por el cansancio, menos Jules, que continuaba escaqueándose. Las discusiones, que al principio eran esporádicas, se volvieron continuas. Durante horas había que soportar una llovizna de inútiles reproches que cada pocos minutos se convertía en una tormenta de insultos. «¡Bájame esa sartén, idiota!», gritaba la cocinera (no era lo bastante alta para llegar a los estantes donde estaban las sartenes). «Bájala tú, puta vieja», respondía yo. Semejantes observaciones parecen generarse de forma espontánea en el ambiente de la cocina.

Discutíamos por trivialidades inconcebibles. El cubo de la basura, por ejemplo, era una fuente inagotable de disputas: donde yo lo quería, molestaba a la cocinera, y quería que lo pusiéramos entre mi sitio y el fregadero. Una vez se quejó tanto que al final, por pura rabia, lo levanté y lo dejé en mitad de la cocina, donde más molestaba.

«Y ahora, vaca gorda —dije—, cámbialo de sitio tú».

Pesaba demasiado para ella, así que la pobre mujer se sentó, apoyó la cabeza en la mesa y rompió a llorar. Y yo me burlé de ella. He ahí los efectos del cansancio sobre los buenos modales.


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