Sin blanca en Paris y Londres

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Sacó una botella de brandy de cerezas, perdió el equilibrio y cayó sobre mis piernas. Paddy, que se estaba desvistiendo, lo ayudó a ponerse en pie.

—Vuelve a tu cama, c… imbécil.

El antiguo alumno de Eton volvió tambaleándose a su cama y se metió debajo de las sábanas vestido y sin quitarse las botas. Por la noche lo oír murmurar varias veces: «M… no tienes remedio», como si le gustara la frase. Por la mañana seguía dormido, con la ropa puesta y la botella entre los brazos. Era un hombre de unos cincuenta años, de rostro ajado y distinguido, y, por curioso que parezca, iba bastante bien vestido. Era raro ver sus zapatos de charol asomando de aquella cama mugrienta. Entonces caí en que el brandy de cerezas debía de haberle costado el equivalente a una semana de alojamiento, así que no debía de estar muy mal de dinero. Tal vez frecuentase las casas de huéspedes en busca de «mariquitas».

Las camas estaban a menos de dos pies unas de otras. A medianoche desperté y sorprendí al tipo de al lado intentando robarme el dinero que guardaba debajo de la almohada. Fingía dormir y deslizaba la mano por debajo sigiloso como una rata. Por la mañana vi que era un jorobado con brazos largos y simiescos. Le conté a Paddy lo del intento de robo y se echó a reír.


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