Sin blanca en Paris y Londres

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Por debajo de los pintores callejeros están los que cantan himnos, o venden cerillas, cordones para botas o sobres con unos granos de lavanda que llaman, de manera eufemística, «perfume». Son auténticos mendigos que se aprovechan de su aspecto mísero y ninguno gana más de media corona al día. La razón por la que fingen vender cerillas o cualquier otra cosa en lugar de mendigar sin más, es que se lo exige la absurda ley inglesa sobre la mendicidad. Según la ley actual, si te acercas a un desconocido y le pides dos peniques, puede llamar a la policía y hacer que te encierren siete días por mendicidad. En cambio, si emponzoñas el aire tarareando «Nearer, my God to Thee», pintarrajeas unos mamarrachos en la acera o te plantas con una bandeja de cerillas —en suma, si te dedicas a molestar a los demás—, se considera que estás ejerciendo un negocio legítimo y no mendigando. La venta de cerillas y el cántico de himnos en la calle no son más que delitos legalizados. Aunque muy poco provechosos; no hay un solo cantante ni vendedor de cerillas en Londres que gane cincuenta libras anuales, un salario ínfimo a cambio de pasar ochenta y cuatro horas de pie a la semana en el bordillo con los coches rozándote la espalda.




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