Sin blanca en Paris y Londres

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Las palabras empleadas como insultos parecen gobernadas por la misma paradoja que las malsonantes. Lo lógico sería suponer que una palabra se convierte en insulto porque significa algo malo; pero, en la práctica, su valor como insulto apenas tiene nada que ver con su significado real. Por ejemplo, el peor insulto que se le puede dedicar a un londinense es «cabrón», aunque, si pensamos en su verdadero significado, apenas puede considerarse como tal. Y el peor insulto que se puede dedicar a una mujer, tanto en Londres como en París, es «vaca», un nombre que podría incluso ser un cumplido, pues las vacas se cuentan entre los animales más amables. Es evidente que una palabra es un insulto solo porque se dice con intenciones insultantes, con independencia de lo que diga el diccionario; las palabras, sobre todo las malsonantes, se convierten en lo que la gente quiere que sean. En relación con esto, es interesante ver cómo cambian de carácter al cruzar una frontera. En Inglaterra se puede escribir Je m’en fous sin que nadie se queje. En Francia hay que escribir Je m’en f… O, por tomar otro ejemplo, pensemos en la palabra indostana bahinchut, un insulto vil e imperdonable en la India, cuyo derivado inglés se considera gracioso. Lo he visto incluso en un libro de texto escolar, en una de las obras de Aristófanes para reproducir la jerigonza del embajador persa. Es de presumir que el traductor sabía lo que significa bahinchut. Pero, al tratarse de una palabra extranjera, había perdido sus cualidades mágicas como insulto y podía escribirse.


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