Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres A las ocho y media, Paddy me llevó al Embankment, donde había un clérigo que repartía cupones de comida una vez a la semana. Debajo del puente de Charing Cross esperaban cincuenta personas cuyas siluetas se reflejaban en los charcos temblorosos. Algunos eran individuos verdaderamente espantosos: pernoctaban en el Embankment, que atrae a tipos mucho peores que el albergue. Recuerdo que uno de ellos llevaba un abrigo sin botones, atado con una cuerda, unos pantalones harapientos y unas botas que dejaban asomar los dedos. Tenía barba de faquir y se había embadurnado el pecho y los hombros con alguna espantosa porquería negra parecida al aceite del tren. Lo poco que se veía de su rostro, entre la mugre y el cabello, estaba lívido como la pared por culpa de alguna enfermedad maligna. Le oí hablar y tenía un acento agradable, como el de un oficinista o el vigilante de una tienda.