Sin blanca en Paris y Londres

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Enseguida apareció el clérigo y los hombres se pusieron en cola por orden de llegada. Era un hombre joven, amable y rollizo que, curiosamente, se parecía a Charlie, mi amigo de París. Parecía tímido y cohibido y apenas dijo más que buenas tardes; se limitó a recorrer la cola y a entregar un cupón a cada hombre sin esperar a que le dieran las gracias. La consecuencia fue que, por una vez, sintieron verdadera gratitud y todo el mundo dijo que el clérigo era un… buen tipo. Alguien dijo, por supuesto, a modo de cumplido (y lo bastante cerca para que pudiera oírle): «¡En fin, este no llegará a… obispo!».

Los cupones eran por valor de seis peniques cada uno y podían canjearse en una casa de comidas que había cerca. Cuando llegamos, descubrimos que el dueño, sabedor de que los vagabundos no tenían a quién quejarse, les estaba timando y les daba solo cuatro peniques de comida por cupón. Paddy y yo juntamos los cupones y recibimos comida que habríamos podido conseguir por siete u ocho peniques en cualquier café. El clérigo había repartido más de una libra en cupones, así que el dueño les timaba a los vagabundos siete chelines o más a la semana. Esos abusos forman parte de la vida cotidiana del vagabundo y seguirán siéndolo mientras la gente continúe dando cupones en vez de comida.


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