Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Paddy y yo volvimos a la pensión todavía hambrientos, haraganeamos un rato en la cocina y sustituimos la comida por el calor del fuego. A las diez y media llegó Bozo cansado y demacrado, pues andar con la pierna lisiada era para él un suplicio. No había ganado ni un penique con sus dibujos, pues todos los sitios debajo de la marquesina estaban ocupados, así que había mendigado varias horas sin que lo viese la policía y había conseguido ocho peniques, uno menos de lo que costaba la piltra. Hacía rato que se había pasado la hora de pago y se las había arreglado para colarse cuando no miraba el encargado; en cualquier momento podían sorprenderlo y echarlo y tendría que irse a dormir al Embankment. Bozo sacó lo que llevaba en los bolsillos y se quedó mirando indeciso sin saber qué vender. Se decidió por la cuchilla de afeitar, fue a la cocina y al cabo de unos minutos la había vendido por tres peniques: suficiente para pagarse la piltra, comprar una taza de té y que aún le sobrara medio penique.
Bozo compró la taza de té y se sentó junto al fuego para que se le secara la ropa. Mientras se bebía el té vi que se reía para sus adentros, como si hubiese recordado algo gracioso. Sorprendido, le pregunté de qué se reía.
—¡Es graciosísimo! —exclamó—. Como para publicarlo en Punch. ¿A que no sabes lo que he hecho?
—¿Qué?