Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Era la primera vez que visitaba una casa de empeños francesa. Entrabas por aquellos majestuosos portales de piedra (inscritos, por supuesto, con el lema «Liberté, Égalité, Fraternité» que los franceses colocan incluso en las comisarías) a una gran sala muy austera como el aula de una escuela, con un mostrador y varias filas de bancos. Había unas cuarenta o cincuenta personas esperando. Entregabas la petición en el mostrador y te sentabas. Al cabo de un rato, cuando el empleado había tasado su valor, gritaba: «Numéro tal y tal, ¿acepta cincuenta francos?». A veces eran solo quince, o diez o cinco, fuera lo que fuese se enteraba toda la sala. Cuando llegué, el empleado gritó con aire ofendido: «Numéro 83… ¡venga aquí!», soltó un silbidito e hizo un gesto como si llamara a un perro. El Numéro 83 fue al mostrador; era un anciano con barba con un abrigo abotonado hasta el cuello y el bajo de los pantalones deshilachado. Sin decir palabra, el empleado colocó el bulto encima del mostrador, era evidente que no valía nada. Cayó al suelo y se abrió dejando a la vista cuatro pares de calzoncillos masculinos de lana. Nadie pudo contener la risa. El pobre Numéro 83 recogió sus calzoncillos y salió arrastrando los pies y murmurando para sus adentros.