Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres La ropa que yo iba a empeñar junto con la maleta me había costado más de veinte libras y estaba en buen estado. Calculé que valdría unas diez libras y la cuarta parte (es lo que hay que esperar en una casa de empeños) eran doscientos cincuenta o trescientos francos. Esperé muy tranquilo, convencido de que me ofrecerían como mínimo doscientos.
Por fin, el empleado gritó mi número:
—Numéro 97!
—Sí —respondí, y me puse en pie.
—¿Setenta francos?
¡Setenta francos a cambio de ropa por valor de diez libras! Pero era inútil discutir; había visto a uno hacerlo y el empleado había retirado su oferta en el acto. Cogí el dinero con el recibo y salí. Ya solo tenía la ropa que llevaba puesta, una chaqueta muy gastada en los codos, un abrigo que tal vez podría empeñar y una camisa limpia. Luego, cuando ya era demasiado tarde, supe que es mejor ir a las casas de empeño por la tarde. Los empleados son franceses, y como casi todos los franceses, están de mal humor hasta después de comer.
Cuando llegué a casa, madame F. estaba barriendo el suelo del bistro. Subió los escalones para salirme al encuentro. Noté en su mirada que estaba intranquila respecto al alquiler.
—Bueno —dijo—, ¿cuánto le han dado por la ropa? No mucho, ¿eh?