Sin blanca en Paris y Londres

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Tomemos una de las fundamentales: ¿por qué hay vagabundos? Es curioso, pero muy poca gente sabe qué es lo que empuja a un vagabundo a echarse a los caminos. Y, debido a la creencia en el vagabundo-monstruo, se aventuran razones de lo más peregrinas. Se dice, por ejemplo, que lo hace para no trabajar, o porque así es más fácil mendigar, o para buscar oportunidades para cometer algún delito o incluso —por absurdo que parezca— porque le gusta. He llegado a leer en un libro de criminología que el vagabundo es un atavismo, un vestigio de la época nómada de la humanidad. Y, entretanto, la causa más evidente del vagabundeo está delante de nuestras narices. Por descontado que el vagabundo no es un atavismo nómada; o lo mismo podría decirse de un viajante de comercio. Los vagabundos vagabundean, no porque les guste, sino por la misma razón que un coche circula por su carril: porque hay una ley que los obliga a hacerlo. Un indigente, si no recibe ayuda de su parroquia, solo puede encontrarla en los albergues para vagabundos y, como en ellos únicamente le admiten por una noche, tiene que estar todo el tiempo en movimiento. Es un vagabundo, porque, de acuerdo con la ley, o va de un sitio a otro o se muere de hambre. Pero a la gente se la ha educado para que crea en el vagabundo-monstruo, y prefiere pensar que debe de haber alguna razón más o menos malvada.



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