Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Me caÃa bien Boris, y pasamos juntos ratos muy interesantes, jugando al ajedrez y hablando de la guerra y los hoteles. Boris a menudo me sugerÃa que me hiciese camarero. «Te gustarÃa —decÃa—, cuando se tiene trabajo, se ganan cien francos al dÃa y se tiene una amante guapa, no se vive tan mal. Dices que lo tuyo es escribir. Pero eso es una tonterÃa. Solo hay una forma de ganar dinero escribiendo: casarse con la hija de un editor. Si te afeitases el bigote, serÃas un buen camarero. Eres alto y hablas inglés, es lo más importante para un camarero. Espera hasta que pueda doblar esta puñetera pierna, mon ami. Y luego, si alguna vez te quedas sin trabajo, ven a verme».
Ahora que no tenÃa para pagar el alquiler y que empezaba a pasar hambre, recordé la promesa de Boris, y decidà ir a verlo cuanto antes. No contaba con que me contrataran como camarero con tanta facilidad como me habÃa dicho, pero por supuesto sabÃa fregar platos y sin duda podrÃa conseguirme un empleo en la cocina. Me habÃa dicho que en verano era muy sencillo encontrar trabajo de friegaplatos. Fue un gran alivio recordar que, después de todo, me quedaba un amigo influyente a quien recurrir.