Sin blanca en Paris y Londres

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La habitación era una buhardilla de unos diez pies cuadrados, iluminada solo por un tragaluz y sin más mobiliario que una estrecha cama de hierro, una silla y un lavabo al que le faltaba una pata. Una larga cadena de chinches en forma de ese avanzaba lentamente por la pared encima de la cama. Boris dormía, desnudo, con la barriga formando un montículo debajo de la sábana mugrienta. Tenía el pecho cubierto de picaduras de insectos. Cuando entré, despertó, se frotó los ojos y soltó un profundo gemido.

—¡Dios! —exclamó—. ¡Ay, santo Dios, mi espalda! ¡Maldita sea, creo que está rota!

—¿Qué te pasa? —pregunté.

—Pues que tengo la espalda rota. He pasado la noche en el suelo. ¡Dios santo! ¡No imaginas cuánto me duele!

—Mi querido Boris, ¿estás enfermo?

—Enfermo no, hambriento… sí, acabaré muriendo de hambre, si esto dura mucho más tiempo. Aparte de dormir en el suelo, llevo semanas viviendo con dos francos al día. ¡Es horrible! Has venido en mal momento, mon ami.


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