Sin blanca en Paris y Londres

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—Enseguida, mon ami. Descuida, que no pasaremos hambre. No es más que uno de los reveses de la guerra. He estado en situaciones peores. Es solo cuestión de insistir. Recuerda el lema de Foch: «Attaquez! Attaquez! Attaquez!».

Hasta mediodía, Boris no se animó a levantarse. La única ropa que le quedaba era un traje, una camisa, un cuello y una corbata, un par de zapatos muy usados, y un par de calcetines llenos de agujeros. También conservaba un abrigo que podía empeñar en caso de última necesidad y una maleta de cartón muy abollada que no valdría ni veinte francos, pero que tenía gran importancia porque el patron del hotel pensaba que estaba llena de ropa; sin ella, lo más probable era que hubiese echado a Boris a la calle. En realidad, solo contenía las medallas y las fotografías, unas cuantas cosas sueltas y enormes mazos de cartas de amor. A pesar de todo, Boris se las arreglaba para tener un aspecto bastante pulcro. Se afeitaba sin jabón y con la misma cuchilla de afeitar desde hacía dos meses, se anudaba la corbata para que no se viesen los agujeros, y rellenaba cuidadosamente las suelas de los zapatos con papel de periódico. Por último, cuando acababa de vestirse, sacaba un tintero y se teñía la piel de los tobillos donde asomaba por los agujeros de los calcetines. Una vez concluidos los preparativos, nadie habría dicho que hasta hacía poco había dormido debajo de los puentes del Sena.


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