Sin blanca en Paris y Londres

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Fuimos a un pequeño café en la rue de Rivoli, un sitio frecuentado por los directores de hotel y sus empleados. Al fondo había una sala oscura como una cueva abarrotada de toda suerte de trabajadores de hotel: elegantes camareros jóvenes, otros no tan elegantes y claramente hambrientos, gruesos y sonrosados cocineros, friegaplatos grasientos, mujeres de la limpieza viejas y estropeadas. Todos tenían delante una taza de café solo. Aquel lugar era, en realidad, una oficina de contratación, y el dinero gastado en las bebidas era la comisión del patron. De vez en cuando, un hombre corpulento y con aire importante entraba y hablaba con el camarero de detrás de la barra y este llamaba a uno de los que había en la trastienda. Pero a Boris y a mí no nos llamó y, al cabo de dos horas, nos marchamos, pues la etiqueta decía que solo podías quedarte dos horas por una consumición. Luego supimos, cuando ya era demasiado tarde, que el truco era sobornar al camarero; si podías permitirte veinte francos, normalmente te conseguía trabajo.







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