Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Fuimos al Hôtel Scribe y estuvimos una hora esperando en la acera, con la esperanza de que saliera el director, pero no salió. Luego nos arrastramos hasta la rue du Commerce, solo para descubrir que el nuevo restaurante, que estaban redecorando, estaba cerrado y que el patron había salido. Para entonces se había hecho de noche. Habíamos andado catorce kilómetros por las calles, y estábamos tan cansados que tuvimos que gastar un franco cincuenta en volver a casa en metro. Para Boris era un suplicio caminar con la pierna coja y su optimismo fue desapareciendo a medida que transcurría el día. Cuando nos apeamos en la estación de la Place d’Italie estaba desesperado. Empezó a decir que no valía la pena buscar empleo y que la única opción que nos quedaba era el delito.
«Más vale robar que pasar hambre, mon ami. Lo he planeado muchas veces. Un norteamericano rico y gordo… un rincón oscuro camino de Montparnasse… un adoquín metido en una media… ¡pum! Le vaciamos los bolsillos y salimos corriendo. Es factible, ¿no crees? Yo no vacilaría… recuerda que he sido soldado».
Por fin descartó el plan, porque los dos éramos extranjeros y nos reconocerían con facilidad.