Sin blanca en Paris y Londres

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VI

Al día siguiente tampoco encontramos trabajo y, hasta pasadas tres semanas, no cambió nuestra suerte. Mis doscientos francos me ahorraron el problema del alquiler, pero todo lo demás salió mal. Día tras día Boris y yo recorrimos París, andando unas dos millas cada hora entre la muchedumbre, aburridos y hambrientos, sin encontrar nada. Recuerdo que un día cruzamos el Sena once veces. Pasábamos horas enteras ante las puertas de servicio y, cuando salía el director, nos acercábamos muy complacientes con la gorra en la mano. Siempre obteníamos la misma respuesta: no querían a un cojo, ni a alguien sin experiencia. Una vez estuvieron a punto de contratarnos. Mientras hablaba con el director, Boris se plantó muy erguido sin apoyarse en el bastón y el director no reparó en que estaba cojo. «Sí —afirmó—, necesitamos dos hombres en la bodega. Tal vez sirvan ustedes. Pasen dentro». Entonces Boris se movió y se descubrió el pastel. «¡Ah! —exclamó el director—, cojea usted. Malheureusement…».






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