Sin blanca en Paris y Londres

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Mis sesenta francos duraron unos quince días. Había renunciado a fingir que salía a comer a restaurantes, y almorzábamos en mi habitación, uno sentado en la cama y el otro en la silla. Boris aportaba sus dos francos y yo tres o cuatro para comprar pan, patatas, leche y queso, y calentábamos una sopa en mi infiernillo de alcohol. Teníamos un cazo, un cuenco para el café y una cuchara; todos los días teníamos una educada discusión sobre quién comería en el cazo y quién en el cuenco (en el cazo cabía más), y todos los días, con gran disgusto por mi parte, Boris cedía antes y aceptaba el cazo. A veces comíamos pan por la noche y a veces no. Nuestra ropa interior cada vez estaba más sucia, y hacía tres semanas que no me daba un baño; Boris llevaba meses sin bañarse, o al menos eso decía. Gracias al tabaco todo era más tolerable. Teníamos de sobra, Boris había frecuentado un tiempo a un soldado (a los soldados les dan el tabaco gratis) y le había comprado veinte o treinta paquetes a cincuenta céntimos el paquete.







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