Sin blanca en Paris y Londres

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Todo aquello era mucho peor para Boris que para mí. De tanto andar y dormir en el suelo, la pierna y la espalda le dolían constantemente, y, con su enorme apetito de ruso, el hambre le atormentaba, aunque no parecía adelgazar. En general, estaba sorprendentemente alegre y conservaba la esperanza. Decía muy serio que tenía un santo patrón que velaba por él y, cuando las cosas se ponían feas, buscaba dinero en el arroyo, pues, según él, el santo a menudo echaba allí una moneda de dos francos. Un día estábamos esperando en la rue Royale, cerca de un restaurante ruso donde pensábamos pedir trabajo. De pronto, Boris decidió entrar en la Madeleine y encender una vela de cincuenta céntimos a su santo patrón. Luego, al salir, afirmó que prefería asegurarse y quemó solemnemente un sello de cincuenta céntimos, como sacrificio a los dioses inmortales. Tal vez los santos y los dioses no acabaran de congeniar porque lo cierto es que no conseguimos el empleo.

Algunas mañanas Boris se sumía en la más absoluta desesperación. Se quedaba en la cama al borde de las lágrimas y maldecía al judío con quien vivía. En los últimos tiempos, el judío se hacía el remolón para no pagarle los dos francos diarios, y, lo que era peor, había empezado a tratarle con condescendencia. Boris decía que, como yo era inglés, no podía imaginar la tortura que suponía para un ruso estar a merced de un judío.


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