Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres «¡Un judÃo, mon ami, un auténtico judÃo! Y ni siquiera tiene la decencia de avergonzarse. Y pensar que yo, un capitán del ejército ruso… ¿te he contado alguna vez, mon ami, que fui capitán en el Segundo de Fusileros Siberianos? SÃ, capitán; y mi padre, coronel. Y ya me ves: comiendo el pan de un judÃo. Un judÃo…
»Deja que te diga cómo son los judÃos. Una vez, en los primeros meses de la guerra, estábamos avanzando y nos detuvimos en un pueblo a pasar la noche. Un viejo judÃo horrible, con una barba roja como la de Judas Iscariote, se escabulló hasta mi alojamiento. Le pregunté qué querÃa.
»—SeñorÃa —dijo—, le he traÃdo una chica, una preciosa joven de solo diecisiete años. Solo le costará cincuenta francos.
»—Gracias —respond×, puedes llevártela. No quiero contraer ninguna enfermedad.
»—¡Enfermedad! —gritó el judÃo—, mais, monsieur le capitaine, no tiene por qué temer nada. ¡Se trata de mi propia hija!
»Ahà tienes al tÃpico judÃo.
»¿Alguna vez te he dicho, mon ami, que en el antiguo ejército ruso se consideraba de mala educación escupirle a un judÃo? SÃ, pensábamos que la saliva de un oficial ruso era demasiado valiosa para desperdiciarla en un judÃo…», etc., etc.