Sin blanca en Paris y Londres

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El primer día, me encontraba demasiado débil para buscar trabajo, así que pedí prestada una caña y me fui a pescar al Sena utilizando moscardas como cebo. Tenía la esperanza de pescar algo para comer, pero por supuesto no pesqué nada. En el Sena abundan los mújoles, pero se volvieron resabiados durante el sitio de París y desde entonces nadie ha vuelto a pescar ninguno como no sea con redes. El segundo día, pensé en empeñar mi abrigo, pero la caminata hasta la tienda de empeños me pareció demasiado larga y me pasé el día en la cama leyendo Las memorias de Sherlock Holmes. Fue de lo único que me vi capaz sin comida. El hambre te deja en un estado parecido a la convalecencia de una gripe, como si no tuvieses nervios ni cerebro. Es como si te hubieras convertido en una medusa, o como si te hubiesen sacado la sangre y la hubiesen reemplazado por agua tibia. Mi principal recuerdo del hambre es una absoluta inercia y la necesidad de escupir con frecuencia una saliva blanca y espesa como la de los cucos. Ignoro cuál pueda ser el motivo, pero cualquiera que haya pasado hambre varios días seguidos se habrá dado cuenta.

La tercera mañana, me sentí mucho mejor. Comprendí que debía hacer algo cuanto antes, y decidí pedirle a Boris sus dos francos, al menos durante un día o dos. Lo encontré en la cama muy enfadado. En cuanto me vio, estalló furioso:


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