Sin blanca en Paris y Londres

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—Pero ¿y la maleta?

—Ah, ¿eso? Tendremos que dejarla aquí. Me costó menos de veinte francos. Además, en una retirada siempre hay que abandonar alguna cosa. ¡Mira a Napoleón en el Berézina! Tuvo que abandonar a todo su ejército.

Boris estaba tan encantado con su plan (lo llamaba un ruse de guerre) que casi olvidó lo hambriento que estaba. El principal punto flaco —que cuando se marchase no tendría dónde dormir— no parecía importarle.

Al principio la ruse de guerre funcionó bien. Volví a casa a por el abrigo (llevaba ya nueve kilómetros con el estómago vacío) y conseguí sacar el abrigo de Boris. Luego surgió un contratiempo. El empleado de la casa de empeños, un hombrecillo entrometido con gesto amargado —el típico funcionario francés— se negó a aceptar los abrigos con la excusa de que no iban envueltos. Afirmó que debían ir en una maleta o en una caja de cartón. Eso lo echaba todo a perder, pues no teníamos ninguna caja y, con solo veinticinco céntimos entre los dos, no podíamos comprar ninguna.

Volví y le comuniqué a Boris la mala noticia.

—Merde! —dijo—, esto lo complica todo. En fin, da igual, siempre hay una salida. Usaremos mi maleta.

—Pero ¿cómo vas a salir con la maleta delante del patron? Está sentado a la puerta de la recepción. ¡Es imposible!


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