Sin blanca en Paris y Londres

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Luego la suerte cambió milagrosamente. Iba camino de casa por la rue Broca cuando de pronto, brillando entre los adoquines, vi una moneda de cinco sous. Me abalancé sobre ella, corrí a casa, cogí la otra moneda de cinco sous que teníamos, y compré una libra de patatas. En el infiernillo solo quedaba alcohol suficiente para escaldarlas, y no teníamos sal, pero las devoramos con piel y todo. Después nos sentimos como hombres nuevos y nos sentamos a jugar al ajedrez hasta que abrieran la casa de empeños.

A las cuatro volví sin demasiadas esperanzas, pues, si antes solo me habían dado setenta francos, ¿qué podía esperar por dos abrigos raídos en una maleta de cartón? Boris había dicho veinte francos, pero yo pensaba que me darían diez o incluso cinco. O peor aún, podían rechazarlos sin más, como al pobre Numéro 83 de la vez anterior. Me senté en el banco de delante, para no ver reírse a la gente cuando el empleado dijese «cinco francos».

Por fin el empleado me llamó.

Numéro 117!

—Sí —respondí poniéndome en pie.

—¿Cincuenta francos?


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