Sin blanca en Paris y Londres

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Me llevé casi una impresión tan grande como la vez anterior, cuando me ofrecieron los setenta francos. En esta ocasión, estoy convencido de que el empleado debió de confundir mi recibo con el de algún otro, pues nadie podría haber vendido esos abrigos por más de cincuenta francos. Corrí a casa y entré en la habitación con las manos detrás de la espalda, sin decir nada. Boris estaba jugando con el tablero. Alzó expectante la vista.

—¿Cuánto te han dado? —gritó—. ¿Cómo? ¿Ni siquiera veinte francos? ¿Al menos te habrán dado diez? Nom de Dieu, cinco francos sería un abuso. Mon ami, no me digas que han sido cinco francos. De lo contrario, empezaré a pensar en el suicidio.

Dejé el billete de cincuenta francos sobre la mesa. Boris se quedó lívido como la pared, luego se puso en pie y me estrechó la mano con tanta fuerza que casi me rompe los huesos. Corrimos a la calle, compramos pan, vino, un trozo de carne y alcohol para el infiernillo y nos atiborramos a comer.

Después, Boris estuvo más optimista que nunca.



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