Sin blanca en Paris y Londres

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Me condujo por una sinuosa escalera hasta un pasillo estrecho en el sótano, de techo tan bajo que tuve que agacharme varias veces. Hacía un calor sofocante y estaba muy oscuro, solo había unas cuantas bombillas separadas varias yardas unas de otras. Daba la impresión de que había millas y millas de pasillos oscuros y laberínticos, aunque supongo que no serían más que unas yardas, y me recordaron extrañamente a las cubiertas inferiores de un transatlántico; hacía el mismo calor, el espacio era igual de reducido y se notaba un tibio olor a comida y una especie de zumbido (de los hornos de la cocina) idéntico al de las máquinas. Pasamos por delante de varias puertas de las que salían palabrotas, el rojo resplandor de los fogones y en una ocasión el aire gélido de una cámara de hielo. Por el camino algo me golpeó con violencia en la espalda. Era un bloque de hielo de cien libras de peso, cargado por un mozo con un delantal azul. Detrás iba un chico con una enorme pieza de ternera al hombro y la mejilla apretada contra la carne húmeda y esponjosa. Me empujaron a un lado al grito de «Range-toi, idiot!» y siguieron apresurados su camino. En la pared, debajo de una de las luces, alguien había escrito con pulcra caligrafía: «Antes encontrarás un cielo sin nubes en invierno que una virgen en el Hôtel X.». Me pareció un sitio extraño.



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