Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres «Ya basta, mon p’tit —dijo el camarero—. Tu n’es pas débrouillard, pero eres trabajador. Sube a cenar. El hotel nos da dos litros de vino por persona y he robado otra botella. Tendremos bebida en abundancia».
Cenamos de maravilla con las sobras de los otros empleados. El camarero se habÃa vuelto más amable y me habló de sus amorÃos, de dos hombres a los que habÃa apuñalado en Italia y de cómo se habÃa librado del servicio militar. Cuando llegabas a conocerlo no era mal tipo; no sé por qué, pero me recordaba a Benvenuto Cellini. Yo estaba cansado y empapado de sudor, pero después de comer un dÃa como es debido me sentà un hombre nuevo. El trabajo no parecÃa difÃcil, y mi impresión era que podrÃa adaptarme bien. No obstante, no estaba seguro de continuar, pues me habÃan contratado solo por un dÃa, como eventual, con un sueldo de veinticinco francos. El portero de rostro avinagrado contó el dinero, menos cincuenta céntimos que dijo que eran para el seguro (una mentira, según descubrà después). Luego salió al pasillo, me pidió que me quitara el abrigo y me registró con cuidado por si habÃa robado comida. Después, el chef du personnel bajó a hablar conmigo. Al igual que el camarero, se habÃa vuelto más amable al ver que estaba dispuesto a trabajar.