Subir a por aire

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El paso siguiente era encontrar un alfiler para hacer el anzuelo. Nadie tenía un alfiler. Un muchacho tenía agujas de zurcir, pero eran demasiado gruesas y tenían la punta roma. No nos atrevíamos a decir a nadie para qué lo queríamos, por temor a que el sargento se enterase. Por fin, se nos ocurrió pedírsela a las prostitutas del pueblo. Era seguro que ellas tendrían una aguja de coser. Cuando llegamos a la casa, después de dar la vuelta hasta la puerta trasera por un patio lleno de barro, nos encontramos con que estaba cerrada, pues las mujeres estaban gozando de un bien ganado descanso. Gritamos y llamamos a la puerta a patadas y puñetazos, hasta que, al cabo de diez minutos, una mujer gorda y fea envuelta en una bata bajó y nos chilló algo en francés. Nobby le gritó:

—¡Aguja! ¡Aguja! ¿Tienes una aguja?

Naturalmente, ella no le entendió. Entonces Nobby trató de explicárselo en el inglés macarrónico de uso colonial, que consideraba que ella, como extranjera, tenía que entender:

—¡Querer aguja! ¡Coser ropa! ¡Así! ¡Así!

Y se puso a hacer gestos que querían representar la acción de coser. La mujer le entendió mal, y entreabrió la puerta para que pasásemos. Finalmente, nos hicimos entender y conseguimos que nos diese una aguja. Por entonces, ya era hora de comer.


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