Subir a por aire
Subir a por aire Durante todo el invierno de 1905, me gasté un penique cada semana para comprar Chums. Seguía el serial Donovan el Intrépido. Donovan era un explorador a quien contrataba un millonario americano para que le fuese a buscar cosas extraordinarias a distintos rincones de la tierra. A veces eran diamantes del tamaño de puños en los cráteres de los volcanes de África; otras, colmillos fosilizados de mamut en los helados bosques de Siberia, y otras, tesoros enterrados de los incas en las ciudades perdidas del Perú. Donovan hacía un viaje diferente cada semana, y siempre tenía éxito en su empresa. Mi lugar de lectura predilecto era el desván. Excepto en los ratos en que padre sacaba de allí sacos de grano, era el lugar más tranquilo de la casa. Había allí enormes montones de sacos sobre los que tumbarse, y manojos de telarañas en todos los rincones. El olor a yeso se mezclaba con el del pipirigallo. Exactamente encima del lugar donde yo acostumbraba a echarme, había un agujero en el techo y un pedazo de madera que asomaba por el yeso. Aún ahora puedo imaginarme perfectamente que estoy allí. Es un día de invierno en que el frío moderado permite permanecer inmóvil. Yo estoy echado boca abajo con el Chums abierto delante de mí. Un ratón sube por el costado de un saco, como un juguete mecánico, y se para en seco, mirándome con sus ojillos negros y brillantes como cuentas. Tengo doce años, y soy Donovan el intrépido. Acabo de plantar mi tienda a dos mil kilómetros de la boca del Amazonas, y las raíces de la misteriosa orquídea que florece una vez cada cien años están a buen recaudo en una caja de lata, debajo de mi litera. En los bosques que me rodean, los indios Hopi Hopi, que se pintan los dientes de escarlata y desuellan vivos a los blancos, tocan sus tambores de guerra. Yo miro al ratón, y el ratón me mira a mí; huelo el polvo, el pipirigallo y el frescor del yeso; estoy a orillas del Amazonas. Es fabuloso, sencillamente fabuloso…