Subir a por aire

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Trabajé en la tienda del viejo Grimmett durante casi seis años. Grimmett era un anciano de aspecto agradable, que caminaba muy erguido y tenía las patillas blancas. Era una versión corpulenta del tío Ezequiel, y, al igual que éste, un buen liberal. Pero era menos exaltado y más respetado en el pueblo. Había tomado posición durante la guerra de los bóers, era enemigo acérrimo de los sindicatos —hasta el punto de que una vez despidió a un dependiente por tener una fotografía de Keir Hardie[7]— y era una autoridad en la Capilla Bautista, disidente de la Iglesia Baja a la que pertenecía mi familia. Además, era concejal y uno de los jefes locales del partido Liberal. Con sus patillas blancas, sus altisonantes parrafadas sobre la libertad de conciencia y sobre el gran Gladstone, con su enorme cuenta en el banco y las improvisadas plegarias que a veces yo acertaba a oír al pasar junto a la capilla, se parecía un poco al tendero no conformista del cuento. Me imagino que ya lo saben.

«—¡James!

»—¡Sí, señor!

»—¿Has puesto arena en el azúcar?

»—¡Sí, señor!

»—¿Has aguado la melaza?

»—¡Sí, señor!

»—Pues ven a rezar».


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