Subir a por aire
Subir a por aire Dios sabe cuántas veces he oído susurrar este chiste en la tienda. Y, ciertamente, comenzábamos la jornada con una oración, antes de abrir las puertas. Pero el viejo Grimmett no echaba arena en el azúcar. Sabía que eso no compensaba. Era hábil en el negocio; era el vendedor de comestibles más importante de Lower Binfield y de la comarca, y tenía tres dependientes además del aprendiz, el repartidor y su hija que estaba en la caja, pues su mujer había muerto. Durante los primeros seis meses que trabajé allí, hice de repartidor; después, uno de los dependientes se fue para «establecerse» en Reading, y yo pasé a la tienda y me puse el delantal blanco. Aprendí a atar un paquete, a envolver una caja de pasas, a moler café, a cortar jamón con la máquina, a afilar un cuchillo, a barrer, a quitar el polvo a los huevos sin romperlos, a hacer pasar por bueno un artículo de mala calidad, a limpiar el cristal del escaparate, a cortar a ojo una libra de queso, a abrir un cajón de madera, a dar forma a un trozo de mantequilla, y —lo que era, con mucho, lo más difícil— a recordar dónde estaba cada cosa. No tengo un recuerdo tan detallado de aquel trabajo como de la pesca, pero me acuerdo de muchas cosas. Todavía sé romper un cordel con los dedos, y si me ponen delante de una máquina de cortar jamón, la manejaré mejor que una máquina de escribir. Y puedo soltarles unos bonitos tecnicismos sobre las variedades del té chino, la composición de la margarina, el peso medio de los huevos y el precio por millar de las bolsas de papel.