Subir a por aire

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Pues durante más de cinco años ése fui yo: un muchacho despabilado de cara redonda y sonrosada, de nariz respingona y pelo rubio (que ya no llevaba corto, sino cuidadosamente peinado hacia atrás y pegado al cráneo con fijapelo) que se afanaba tras el mostrador, con su delantal blanco y su lápiz tras la oreja, cerrando bolsas de café a velocidades meteóricas y soltando sus «¡Sí, señora! ¡Claro que sí, señora! ¿Y qué más va a ser, señora?» con pocos rastros de cockney. El viejo Grimmett nos hacía trabajar de firme. Las jornadas eran de once horas, excepto los jueves y domingos, y la semana de Navidad era una pesadilla. Pero, en conjunto, fueron unos años buenos. No crean tampoco que yo no tenía ambiciones. No pensaba pasarme la vida vendiendo comestibles; estaba simplemente «aprendiendo el oficio». Algún día, de una forma u otra, tendría dinero suficiente para «establecerme» por mi cuenta. Así es como pensaba la gente en aquellos tiempos. Recuerden que les hablo de antes de la guerra, antes de las crisis y antes del paro. En el mundo había sitio bastante para todos. Todo el mundo podía «poner un negocio», y siempre había lugar para una tienda nueva.





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