Subir a por aire
Subir a por aire Fue pasando el tiempo. Mil novecientos nueve, mil novecientos diez, mil novecientos once. Murió el rey Eduardo y los periódicos salieron con una orla negra. En Walton se abrieron dos cines. Las carreteras se fueron llenando de coches y comenzaron a circular autobuses de línea entre los pueblos. Un día pasó un avión por encima de Lower Binfield —era un trasto de aspecto frágil y destartalado, y el piloto iba sentado en el centro en una especie de silla—, y todo el pueblo salió de sus casas, gritando, para verle. La gente empezó a comentar que al emperador de Alemania se le estaban subiendo demasiado los humos, y que al final «pasaría lo que tenía que pasar», refiriéndose a una guerra con Alemania. Mi salario fue aumentando poco a poco, hasta llegar, inmediatamente antes de la guerra, a los veintiocho chelines semanales. Le daba a madre diez para mi mantenimiento, y más tarde, cuando los tiempos empeoraron, quince, y aun así me sentía mucho más rico de lo que me he sentido nunca. Crecí dos dedos más, comenzó a salirme bigote, y llevé botines y cuellos de ocho centímetros de alto. Los domingos, en la iglesia, con mi elegante traje gris oscuro, mi sombrero hongo y los guantes negros de piel de perro que descansaban en el banco junto a mí, parecía un señor, y madre apenas podía contener su orgullo. Además del trabajo, del «salir» los jueves, y de pensar en trajes y chicas, tenía accesos de ambición, y me veía a mí mismo convertido en un Gran Hombre de Negocios, como Lever o William Whiteley. Entre los dieciséis y los dieciocho años, hice esfuerzos serios para «formarme» y prepararme para emprender negocios. Aprendí a hablar correctamente y me quité casi del todo el acento cockney. (En el valle del Támesis, los dialectos del campo perdían terreno; excepto los peones de las granjas, casi toda la gente nacida después de 1890 hablaba cockney). Seguí un curso por correspondencia de la Academia Comercial Littleburn, y aprendí teneduría de libros y redacción comercial. Me tragué estoicamente un libro lleno de tremendas estupideces llamado El arte de la venta, y perfeccioné mi aritmética e incluso mi letra. A los diecisiete años, velaba por la noche para hacer prácticas de escritura a la luz de la lamparilla de aceite de mi habitación. Al mismo tiempo, leía mucho, generalmente novelas policíacas y de aventuras, y a veces libros baratos, definidos como «verdes», que los chicos de la tienda nos pasábamos furtivamente. (Eran traducciones de Maupassant y Paul de Kock). Pero a los dieciocho años me volví más exigente, me hice socio de la biblioteca del condado y comencé a engullir obras de Marie Corelli, Hall Caine y Anthony Hope. Fue por entonces cuando ingresé en el Círculo de Lecturas de Lower Binfield, que estaba dirigido por el vicario y se reunía una noche a la semana durante todo el invierno para lo que se denominaba «discusión literaria». Presionado por el vicario, leí trozos de Sésamo y lirios e incluso algo de Browning.