Subir a por aire

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Tengo sólo dos hijos: Billy, de siete años, y Lorna, de once. Lo que siento por ellos es bastante especial. Durante la mayor parte del tiempo, apenas puedo resistir su simple presencia. En cuanto a su conversación, es sencillamente inaguantable. Están en esa edad tan tonta en que el pensamiento gira en torno a cosas como los lápices de colores, los compases y las notas de francés. En algunos momentos, especialmente cuando están dormidos, siento algo completamente distinto. A veces, en las tardes de verano, cuando ellos están acostados y todavía hay luz, me pongo a mirarles cómo duermen, con sus caritas redondas y su pelo color de estopa, bastante más claro que el mío, y entonces me asalta aquel sentimiento del que habla la Biblia cuando dice que las entrañas de un hombre se conmueven. En tales momentos, tengo la impresión de que no soy más que una especie de vaina vacía que no sirve ya para nada, y de que lo único importante que he hecho en la vida ha sido traer al mundo a estas criaturas y alimentarlas mientras crecen. Pero esto me ocurre sólo en algunos momentos. Por lo general, mi existencia autónoma me parece considerablemente importante; me siento aún lleno de vida y pienso que me quedan todavía cantidad de buenos ratos por disfrutar. Y la idea de mí mismo como una especie de mansa vaca lechera destinada al sustento de mujeres y niños no me atrae en absoluto.


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