Subir a por aire
Subir a por aire Aquel día no hablamos mucho durante el desayuno. Hilda estaba con uno de sus leitmotivs, el «no sé qué vamos a hacer», refiriéndose en parte al precio de la mantequilla y en parte al hecho de que debíamos todavía cinco libras a la escuela por el curso pasado y estábamos ya a finales de las vacaciones de Navidad. Me comí mi huevo duro y unté una rebanada de pan con mermelada Golden Crown. Hilda se empeña en comprar ese producto, que cuesta cinco peniques y medio el bote de medio kilo, y cuya etiqueta dice, en el tipo de letra más pequeño que permite la ley, que «contiene una cierta proporción de zumo de fruta neutro». Eso fue lo que me dio ocasión de comenzar a hablar, en la forma bastante irritante que tengo a veces, de los árboles frutales neutros, y de preguntarme cómo serían sus frutos y en qué países crecerían, hasta que Hilda se enfadó. No es que le importe mucho que la haga rabiar, sino simplemente que considera que hay algo de pecaminoso en reírse de algo que permite ahorrar dinero.