Subir a por aire
Subir a por aire Eché una ojeada al periódico, pero no había muchas novedades. En España y en China se mataban unos a otros, como ya se había convertido en habitual. Se habían encontrado unas piernas de mujer en la sala de espera de una estación, y la boda del rey Zog estaba pendiente de un hilo. Por fin, hacia las diez, bastante más temprano de lo que me proponía, salí para la ciudad. Los niños se habían ido a jugar al jardín público. Era una mañana tremendamente fría. Al salir a la calle, una desagradable ráfaga de viento me dio en el cuello, haciéndome recordar el jabón. Me hizo sentir súbitamente que mis ropas no me sentaban bien y que todo mi cuerpo estaba pegajoso.